La obsesión de Trump con México y sus inmigrantes

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La obsesión de Trump con México y sus inmigrantes

 

david-torres

Tal parece que el más reciente de los rasgos obsesivo-compulsivos en la personalidad de Donald

Trump, en relación con México y sus inmigrantes, ha sido el acusar al juez federal Gonzalo Paul

Curiel, de estar en su contra porque tiene a su cargo el caso de la demanda a su considerada

fraudulenta Universidad Trump. Ah, y porque cree que es “mexicano”.

Perseguido por esa sombra de lo mexicano, como un fantasma que lo ahoga hasta el delirio,

parece que Trump no deja de pensar en una comunidad que en verdad lo aterra.

Es imposible saber si el magnate sueña o tiene pesadillas con lo que significa esta cultura, pero

decir que el juez Curiel “lo odia” porque Trump cree que es “mexicano” y porque ordenó dar a

conocer más de mil páginas de documentos relacionados con el caso por la sencilla razón de que

el empresario es un candidato a la presidencia de Estados Unidos y la gente tiene derecho a

saber, es llegar a límites insospechados que solamente los especialistas en el ámbito de la

psicología podrían descifrar.

En efecto, Curiel, juez federal de Distrito del Sur de California, nacido en East Chicago, Indiana,

ordenó eso como parte de su trabajo como representante de la ley. Ni más ni menos.

La inaudita reacción de Trump, que se suma a la ya larga lista de ataques a esta comunidad,

presenta un cuadro clínico digno de diagnóstico reservado: la obsesión, definida por los que

saben cómo ideas persistentes, impulsos o imágenes que al ser intrusivas al individuo causan

marcada ansiedad o angustia, parece acomodarse a la perfección a la personalidad de Trump,

salpicada asimismo de una alta dosis de racismo y xenofobia.

Dicen también los expertos en esta materia que en la mayoría de los casos de quienes padecen

este trastorno obsesivo-compulsivo, la persona se siente tentada a realizar algo para disminuir la

ansiedad de esa obsesión. Uno de los casos más recurrentes es el de aquellos a quienes aterra

contaminarse, de tal modo que para reducir esa angustia mental se lavan las manos una y otra y

otra vez hasta prácticamente dejarlas impolutas, si no es que en carne viva.

Así Trump: él no quiere contacto alguno con una comunidad que por alguna razón “contamina”

su ámbito, su mundo (real o irreal, para el caso es lo mismo). Es algo que le obsesiona y que no

puede ocultar. De tal modo que, para paliar esa angustia, como aquel que se lava las manos

repetidamente para no contaminarse, ha prometido que, de ganar la presidencia, deportaría a al

menos 11 millones de inmigrantes indocumentados, a los que seguramente identifica

erróneamente en su totalidad como “mexicanos”.

A ello se suman, por supuesto, sus otras aseveraciones en el sentido de que los mexicanos son

violadores, traficantes de drogas, maleantes, pasando por el episodio con Jorge Ramos, la burla y

sandeces en contra de la gobernadora de Nuevo México, Susana Martínez, además de su

insistencia en construir un muro entre Estados Unidos y México, así como prohibir el envío de

remesas a los familiares de los inmigrantes mexicanos.

Y todo esto lo ha dicho con un tono más que violento frente a las cámaras, sin querer ocultarlo,

como si quisiera erradicar a la comunidad mexicana de una vez y para siempre a través de esa

obsesión-compulsión desde el momento mismo de mencionar su xenófoba propuesta.

Da risa, claro, pero también da miedo. Pero un miedo no a que lleve a cabo su improbable idea

en verdad, sino a que una persona con rasgos de personalidad obseviva-compulsiva tenga la

oportunidad de ocupar el cargo de presidente de una nación como Estados Unidos, que ya no es

como él la imagina; que lo rebasó en espacio, tiempo y forma; que le ha dado ejemplos a él y al

mundo de su grandeza demográfica, cultural y lingüística; de sus alcances como país de

inclusión y no de exclusión como el que el magnate añora.

Desconozco si, como país, Estados Unidos merece otra oportunidad para engrandecer su historia

con todos juntos, sin distinción; de lo que sí estoy seguro es de que no merece perder lo mucho

que ha ganado en la parte buena de la condición humana en manos de alguien como Trump, a

quien imagino, no sé por qué, tramando ahora mismo un nuevo episodio antimexicano, mientras

se lava las manos una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.